Es la pregunta que más escuchamos en nuestras consultas: “¿qué es mejor? ¿Me pongo frío o calor?”.

La respuesta es más complicada de lo que parece, ya que cada lesión evoluciona de manera diferente y ambos tratamientos (frío y calor) tienen su importancia en la recuperación de la lesión.


El frío provoca una contracción de los vasos sanguíneos, lo que hace que pase menos sangre a la zona en la que lo aplicamos. Esto tiene como consecuencia un efecto antiinflamatorio y analgésico, además de evitar que la hemorragia (moratones, por ejemplo) aumente.

El calor, por otra parte, tiene el efecto contrario: hace que los vasos sanguíneos se dilaten y circule más sangre en la zona. Después de saber los efectos del frio podríamos pensar que esto no nos beneficia, pero nada más lejos de la realidad. Al hacer llegar más sangre al área lesionada, conseguimos un aporte considerable de nutrientes a los tejidos, además de limpiar las sustancias de
desecho que se generan como consecuencia de una lesión. Este proceso ayuda a la contracción y la elasticidad muscular y evita la rigidez articular.

Dicho esto, la pregunta es ¿qué debo aplicar en cada situación? En la siguiente imagen resolveremos esta duda.